Con un Pie en mi Cerebro

Oscar Santos Salvador

Fisioterapeuta

“Hombre, así dicho este título me duele un poco ¿no?”. Pero no es literal. Quiero hacer referencia a un área importante del cerebro del corredor (y del hombre a pie de calle): el córtex somatosensorial en su circunvolución postcentral. “¡Ahhhh… ya me queda más claro!

La riqueza de estímulos táctiles es capaz de mejorar la propiocepción del pie
La riqueza de estímulos táctiles es capaz de mejorar la propiocepción del pie

Sin tecnicismos y llevado al lenguaje de los mortales: quiero realzar una parte importantísima de nuestro cerebro – nuestro ordenador portátil de última generación-, que se encarga de recibir las sensaciones táctiles de nuestro cuerpo, y además relacionarlas con las áreas motoras para elaborar una respuesta adecuada ante los estímulos externos.  Y digo de última generación, porque llevamos dentro un sistema operativo humano 1.0 que es capaz de informarnos de en qué centímetro exacto de nuestro pié se ha clavado esa chinita -sin verla siquiera- que nosotros sentimos del tamaño del peñón de Gibraltar (más o menos).

Estas áreas cerebrales se han representado habitualmente de forma gráfica mediante el homúnculo que cartografió el neurocirujano W. Penfield en 1950. Este “despiece del humano” corresponde a  cómo se sitúan y qué relevancia tienen (por su tamaño relativo en la gráfica) distintas partes de nuestro organismo a nivel sensorial (tacto) y a nivel de respuesta en forma de movimiento: son la somatestésica primaria y corteza motora primaria (áreas 6 y 8 de Brodman). Estas agrupaciones neuronales están en intercambio constante e infinito entre la información sensorial y motora del cuerpo. Más sencillo aún: es un mapa de dónde y en qué proporción está colocado cada segmento corporal en nuestro ordenador central según la relevancia de la información que recibe. Y el tamaño de cada área no es inmutable, se puede “modelar” en función al uso que demos a nuestro cuerpo. Por ejemplo, en un violinista profesional, las áreas motoras dedicadas a la mano ocuparán un espacio mayor en proporción; o igualmente las áreas sensoriales dedicadas a la boca-lengua en el bebé en su fase de exploración oral del mundo serán mayores.

¿Y qué le toca a nuestras herramientas de carrera? Las áreas dedicadas a informar de qué sienten nuestras caderas, piernas, pie y sus deditos (¡5 señores 5!) están situadas cerca de la línea media de ese cerebro, por encima del área genital – ¡pero sin pisarla! -.   Estas tienen un tamaño considerable en comparación por ejemplo, con el brazo o la espalda. Esto es porque no dejamos de descender de un “mono evolucionado” y el pie necesita sentir su entorno para asirnos a las ramas, sortear el terreno irregular, y descubrir el mundo palpando con los piececitos cuando somos bebés. Y si no, la selección natural o la genética no hubiera dotado de unas pezuñas como a los caballos o jabalíes. Aunque bien pensado, menudo ahorro en zapatillas…

 ¿Y qué aporta el minimalismo a todo esto de las neuronas? Pues ha devuelto al Cesar lo que es del Cesar. Queremos volver a sentir nuestros pies. Que resuciten en el “mapa cerebral” del que han sido difuminadas por falta de uso. En Atapuerca, el homo antecessor caminaba y corría con pieles en los pies para protegerse del frío (sin cámara de aire del modelo pronador). Los romanos, egipcios, persas, etc., con sandalias. Menos mal que han venido los Tarahumaras y oportunos escritores, atletas e investigadores a reinventar el cocido.

 Aunque parezca redundante, para mejorar el tacto, hay que tocar. Impepinable. Y ser tocado (¡recordémoselo a nuestras parejas!). Todo aquello que sentimos bien, lo movemos con mayor eficacia biomecánica y energética. Trate el lector sino de enhebrar una aguja con la mano “dormida” tras haberse apoyado sobre ella durante toda la siesta y verá de que estamos hablando.

Entonces, el homúnculo con ese pie pequeño, encastrado y “dormido” le decimos: ¡Eh amigo! ¡Que tienes pie! ¡Y encima te dice cómo es tu entorno!

En fin, ¿cómo se iba a activar esa área cerebral para mover el 5º dedo del pie si está encastrado en las nuevas botas de yeso de última generación (ultra cushion air system con tecnología aeroespacial a 140 eurines)? A preguntas simples, respuestas simples: descalzándonos.

El pie, ese aparato de precisión con 26 huesos y 33 articulaciones, necesita su espacio. Necesita movimiento intrínseco de sus estructuras osteomusulares, además del extrínseco que le aplicamos al correr. Así con un poco de hábito y práctica, cada vez serán más eficientes las conexiones neuronales (reforzamiento de conexiones transversales dicen los de la bata blanca) que se encargan de enviar información al cerebro de lo que el pie siente y devolver una respuesta adecuada en forma de movimiento adaptado al terreno y las presiones.

El cerebro es un sistema dinámico (¡podemos aprender!) cambiante, plástico que puede ser mejorado. Podemos desterrar hábitos (correr siempre por terrenos llanos, circuitos ultraconocidos por nosotros) o retirar las influencias negativas sobre nuestro receptor de información del suelo (tacones, plantillas amortiguadoras, zapatillas que constriñen, etc.). Es una de los retos del aprendizaje: la exposición al estímulo “nuevo”, la repetición para la mejora del gesto técnico y la fijación de estas habilidades en nuestros circuitos neuronales.

No voy ahora a defender una vuelta radical al origen y tratar de convencer al lector de que tire sus zapatillas, coja un buen taparrabos y se eche al monte como mis tatarabuelos de la sierra de Atapuerca. La sociedad evoluciona (moda, creencias, cultura…); a veces mejora incluso. Además para salir a entrenar en noviembre por el monte en Burgos hace falta algo más que una rebequita. Aunque seas Jornet o Krupicka.

pintor-sin-brazos el pie cerebro

Fuente: http://www.discapacidadonline.com/el-pintor-sin-brazos-huang-goufu.html

Lo que estoy proponiendo al lector es una pequeña mejora de nuestro “hardware cerebral” desde la optimización de nuestra propiocepción. Otro palabro. Es decir, la capacidad del cuerpo de detectar el movimiento y posición de las articulaciones (nuestro cuerpo sabe perfectamente en qué posición está cada segmento contiguo en el espacio).  En un pie descalzo, nuestro homúnculo recibe la información sin trabas, sin interferencias en forma de cámara de aire, y puede responder a ella con facilidad, eficacia y mayor celeridad. En un atleta, esto se traduce en: me tropiezo menos, cuando “se me va el tobillo” corrijo antes de hacerme el esguince, me encuentro con más agilidad en las bajadas y con más equilibrio, etc.

El homúnculo es modificable pues, desde nuestra experiencia externa, pero ¡cuidado!, no todo el monte es orégano.

El pie descalzo sufre de roces, cortes, pinchazos, ampollas… El pie descalzo sobrecarga estructuras si no corremos con la técnica adecuada. Correr descalzo en  personas con alteraciones severas de la estructura musculoesquelética puede provocar compensaciones en la postura que avoquen a lumbalgias, tendinitis, sacroileitis…

Por todo ello, termino el artículo con dos invitaciones sencillas:

  • Redescubramos nuestros pies: masajeémoslos, juguemos a hacer equilibrios, sintamos el entorno descalzos o con una “segunda piel” (calcetines con silicona, calzado minimalista): tierra, frío, piedrecitas, hierba…

  • Corramos con la técnica minimalista y el calzado adecuado (o sin calzado si sois valientes): aprendamos la técnica, armémonos de paciencia, seamos progresivos, analizando errores, volviendo a la naturaleza.

Igual después de todo, nos brota un pie en el cerebro.

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