2ºC. Un cambio. Balance de 9 meses reaprendiendo.

Un cambio. Balance de 9 meses reaprendiendo.
Me falló el tobillo derecho, el pié giró sobre el eje de avance, la pierna se dobló hacia fuera y me hundí cargando todo mi peso sobre el costado, desgarrando los ligamentos. Antes de apoyar el otro pié en el suelo, solo por el tipo de dolor instantáneo y el grado de doblado sufrido ya sabía lo que vendría a continuación. Di el correspondiente brinco deteniéndome de golpe al tiempo que empezaba a fluir aquella familiar mezcla de rabia y tristeza… cada nueva vez menos dramática y más resignada.
Aun en caliente y conocedor de la laxitud de mis ligamentos, sabía que no era necesario probar de retomar la marcha. Haber sufrido con anterioridad al menos otras 4 torceduras seberas y decenas, más bien centenares, de amagos de esguince de escasa gravedad a lo largo de 20 años corriendo, me permitían, en aquellas fracciones de segundo posteriores al percance, anticipar con notable aproximación qué estaba pasando y qué iba a pasar los días venideros, con muy poco margen de error.
Sabía que aquello era un esguince y de los fuertes, de los que me tendrían 3 o 4 semanas sin poder apoyar el pié, otras tantas de rehabilitación y por lo menos 2 meses sin poder entrenar y 3 o 4 sin competir. Era 6 de febrero y el maratón de Berlín 2012 aun quedaba lejos. Pero ya volvía a estar de rodillas en el fango, hundiéndome de nuevo. Otra vez me había desequilibrado yo solo, esta vez sobre un asfalto perfectamente liso, durante un cambio de ritmo intenso en medio de un farlek y por lo tanto la carga aplicada a la articulación era elevada, de las que joden los ligamentos peroneo astragalinos.
De lo que ya no era tan consciente, o quizás nada consciente, era de que aun yendo rápido, mi esfuerzo muscular era demasiado grande, el pié de apoyo estaba demasiado adelantado y el talón demasiado alejado del suelo en el interior de mis gel kayano en el momento de contactar con el suelo. Esa conjunción de factores alejaba el comportamiento de mi tobillo del deseable y natural bloqueo estabilizador que adopta esta articulación cuando el pié se apoya en la vertical del centro de gravedad del cuerpo en el momento de máxima transmisión de fuerzas entre el cuerpo y el suelo. Haciendo un símil con el análisis de estructuras, mi tobillo, lejos de comportarse como un nudo parcial o completamente empotrado y por lo tanto capaz de resistir momentos flectores y torsores, actuaba como una rótula, convirtiéndose en un mecanismo que no oponía resistencia a las fuerzas laterales desestabilizadoras. La articulación tridimensional que es el tobillo estaba fracasando al no bloquear el giro lateral del pié que se inicia con la natural y deseable supinación del pié pero que se descontrola y agrava cuando no se hacen bien el resto de movimientos y fuerzas.
No tan solo no podía hacer este análisis racional y riguroso porque me lo impedían las emociones negativas que me inundaban la mente en los instantes inmediatamente posteriores a la lesión, es que jamás me había planteado la posibilidad de observar el correr des de la racionalidad, desde una mínima rigurosidad científica aplicada a la mecánica de carrera. Mantenía con las lesiones una relación más bien emocional, como algo incontrolable, como fatalidades del destino.
Hacia un día frío por lo que puede ser el invierno en Reus. Ya era negra noche en el polígono industrial. Estaba a unos cuantos kilómetros de mi casa y cargar mi maltrecho tobillo era lo peor que podía hacer. Renqueante, taciturno, mascullando alguna maldición… fui cruzando la calzada desierta y me acerqué al parque de camiones de recogida de basuras que estaba al lado. Entré en la estación y pedí por favor llamar a mi casa. La he vuelto a joder.
Se volvían a ir al garete mis planes, no me atrevía ni a probar el tobillo. Aun que suponía que volver a correr seria cuestión de unas cuantas semanas me sentía prisionero de una fatalidad. ¿Porqué los últimos años no podía entrenar encontrando una continuidad de más de 4 o 5 meses sin lesionarse alguien como yo, bastante metódico y responsable en el entrenamiento, razonablemente dotado para correr, que había practicado el atletismo durante mis años de formación, que había hecho técnica de carrera con los tres entrenadores que había tenido, que estiraba siempre al final de los entrenos y descansaba cuando era preciso?. ¿De qué habían servido los años corriendo el 800, el 1500 y las carreras de cross en invierno?. ¿Y qué pasaba con mis tobillos que fracasaban continuamente bajo el peso de mi cuerpo más bien ligero?
Algo no funcionaba bien cuando el paso del tiempo y la acumulación de horas de vuelo me volvían cada vez más propenso a las lesiones y sobrecargas en vez de hacerme más fuerte y resistente. Parecía que el paso a la larga distancia y a entrenar sin la tutela presencial de nadie me habían llevado hacia un callejón sin salida. Estaba triste, decepcionado, pero sobretodo muy desorientado, perdido, sin entender qué me pasaba… si es que me pasaba algo. A lo mejor era natural tanta problemática, o que yo no estaba hecho para correr.
Una vez pasadas las correspondientes visitas a urgencias y al traumatólogo, con el tobillo inmovilizado por enésima vez y las muletas y jeringas de heparina instaladas en mi paisaje cotidiano, tocaba lo que resulta más difícil en estos casos, asumir que iba a pasar bastantes días sin poder desahogarme corriendo, ni pedaleando, ni nadando. Tocaba descanso. Había que seguir el mismo proceso que en las anteriores ocasiones y el pié volvería a funcionar y yo a correr. Sabía que cada nuevo esguince aumenta la inestabilidad y ahora además estaba avisado por el traumatólogo que habría que hacer una prueba una vez deshinchado el tobillo para determinar la estabilidad de la articulación para ver si era necesaria una operación para acortar los ligamentos. Llovía sobre mojado. No obstante me impuse no dejarme corroer por los pensamientos negativos e intenté ver el lado positivo que siempre tiene cualquier situación. Podía hacer cosas para las que habitualmente no tenía tiempo disponible, por ejemplo leer más.
A los pocos días se había de producir el chispazo que iba a desencadenar lo que considero un gran cambio en mi vida deportiva, cambio en el que sigo inmerso y que espero que instale en mi, de forma sólida y duradera, el placer y felicidad por correr, y quizás algo más que eso. Ahora no sabría decir si aquel despertar ocurrió por una afortunada casualidad o si habría acabado ocurriendo igualmente con el paso del tiempo y la llegada de otras influencias. El hecho es que en aquellos días empecé a leer el libro Nacidos para correr de Christopher McDougall. No recuerdo si ya lo tenía en casa pendiente de leer o lo compré durante aquellos días de reposo para aprovechar las horas sin poder hacer deporte. No recuerdo que me lo hubieran recomendado, no había leído ni escuchado nada sobre el mismo, y mi única motivación para comprarlo cuando vi su portada azul en la librería habían sido las palabras “correr” y “Kilian Jornet”. Me lo llevo.
Y llegó el capítulo de marras. Algo se encendió en mi interior a medida que se desgranaba aquel discurso. Aquello me pareció una auténtica revelación, como encontrar el eslabón perdido que daba coherencia a una cadena inconexa de conocimientos, experiencias personales y sensaciones vividas… aquel fogonazo sobre el calzado deportivo y su relación con el correr interconectó al instante partes de mi memoria y experiencia y empecé a intuir cual podía ser la causa mayor de mis males. No sabía el diagnóstico preciso, pero intuía por donde iban los tiros. Aquella lectura me estaba despertando.
A medida que avanzaba con el libro y curioseaba por las primeras webs, fui cogiendo consciencia de que el problema era mío, que era yo quien estaba haciendo algo mal y que para lograr un cambio en mi tendencia a los problemas de lesiones y sobrecargas había que cambiar cosas y había que empezar a cambiarlas pronto. Rajar de Nike apetecía mucho, pero con ello no se arreglaba nada. Aquella primera tentación de cargar todas las culpas a un malvado fabricante era demasiado simple y burda. Ese cambio no se podía comprar, había que hacerlo. Leyendo aquel brillante alegato que destrozaba la industria del calzado deportivo con esa simplicidad, esa narrativa efectista y ese ir al grano tan americanos, sentí que nada podía volver a ser igual en mi relación con el correr… y unos capítulos más tarde, al terminar la vibrante exposición sobre la especie corredora, estaba más motivado por volver a correr de lo que he estado jamás. Y faltaban muchas semanas antes de que pudiera volver a trotar. Con el tobillo fuera de juego por el momento solo podía informarme, documentarme un poco más. Mi primera consulta a google sobre «correr descalzo» me había llevado a vuestra web y las explicaciones que allí encontré fueron las primeras informaciones prácticas que obtuve sobre el tema. Aun sin poder caminar ya me había puesto manos a la obra.
El pasado 30 de octubre, bajo un agradable sol otoñal, completé en Berlín mi cuarto maratón, solo 9 minutos más lento que en mi mejor marca personal, conseguida más de 2 años atrás. Mi estado de forma era muy justito y los últimos 10 km se me habían hecho muy largos, pero el estado de mis pies era sorprendentemente bueno, no me habían molestado ni un momento. Mi primera competición larga con unas zapatillas flexibles había sido un éxito. Sin embargo, en honor a la verdad, debo decir que más tarde, después de tres días con horas y más horas de caminar por las calles, parques y museos de la ciudad me empezó un dolor muy agudo en el costado del pié izquierdo. Consciente de que hacia mal, prioricé aprovechar al máximo mis vacaciones frente al descanso que me pedía a gritos mi cuerpo. El resultado fueron 2 semanas sin poder correr y otras tantas de molestias y sin poder acabar de arrancar de nuevo con la rutina.
No era exactamente un cuento de hadas, mis pies no se habían vuelto de acero dúctil, ni mi técnica la de un etíope, pero aquel era sin duda el maratón más cómodo que había corrido jamás, tanto en lo físico como en lo mental. La preparación para la carrera había sido de solo 5 semanas de entrenos. Después de 3 semanas de vacaciones en agosto, había empezado rodando 30 minutos y me había limitado a aumentar el tiempo con los días, despacio primero y demasiado rápido al final, para poder llegar a la competición al menos con un par de sesiones por encima de 20 km. Solo carrera continua. Ni ritmos, ni series, ni pesas… solo rodar suave con algún cambio de ritmo corto… y eso sí, intercalando uno o dos días semanales de bici para dar descanso a los pies. Después de todo, no estaba nada mal.
Des de mi primer paso descalzo, con el tobillo aun resentido y torpe, hasta el hito de ese nuevo maratón habían pasado 30 semanas llenas de sucesos, descubrimientos, dudas, molestias, dolores, errores, paradas obligadas, pasitos adelante, grandes saltos atrás e incluso la habitual nota de desgracia.
Esa reentrada al correr tuvo un capítulo muy ilusionante, que me ha quedado grabado en la memoria como otro de aquellos momentos de revelación, el primero en que pasaba de la teoría escrita a la comprobación empírica. Era mi primer rodaje por la calle tras la lesión. Calzado con unas zapatillas voladoras, un regalo que no me había atrevido a usar hasta aquel momento, y con la única consigna teórica de intentar llevar una cadencia alta y dar una zancadas cortas. Fue un suave rodaje de 30 minutos tras muchas semanas de espera. Aun sintiéndome un tanto extraño con aquel movimiento tan «frenético» volví a casa con una motivante sensación de ligereza, me sentía como un silencioso corredor ninja.
El primer paso de la recuperación había sido empezar a caminar descalzo por vez primera en mi vida, sobre la pista de atletismo, las aceras y el asfalto: quemor, ampollas, hipersensibilidad a la gravilla, caminar es doloroso, ¿cómo voy a poder correr así?.
Después vino una vuelta trotando a la pista de tartán, después fueron dos, mas tarde tres y así despacito hasta llegar a los 20 minutos. Siempre intercalando uno, dos o más días de descanso en medio, en función de si también había rodado o no con zapatillas. Los pies casi siempre dictaban más días en bici o descansando que corriendo… grandes dosis de paciencia, dificultad para encontrar una rutina de deporte intenso.
Los 20 minutos en la pista resultaron un primer umbral difícil de superar. Después de unas primeras semanas muy ilusionantes empezaron las molestias serias. Una gran tensión se me acumulaba en la planta del pié izquierdo con el paso de los minutos y acababa siempre por darme un doloroso pinchazo. Podía empezar a un ritmo de 5 a 6 minutos por quilómetro y concentrándome en la cadencia y la ligereza de apoyos podía encontrarme de pronto corriendo por debajo de 4:15 o de 4:00. Iba muy bien… hasta que me sentía lesionado, casi sin transición. Es ahora que veo con claridad que no debía correr a aquellas velocidades. Por entonces ya había leído bastante y estaba más que advertido, pero para aprenderlo de verdad tenía que pagar con fuertes dolores y días perdidos, como un niño que solo aprende a bofetadas. No he vuelto a correr rápido descalzo, a ritmo de series. No tiene mucho sentido por ahora. Ya llegará el día, o no.
Fue cuando me empezaba a sentir acorralado por aquella situación, tras varias semanas sin saber qué hacer para solventar tal problemón, que hice el que por ahora es el más grande de los cambios técnicos introducidos en mi manera de correr: relajar los gemelos, soltar el talón y dejar apoyar el pie por completo en el suelo, como una torta fláccida, notar el contacto del pié entero con la textura del suelo. De allí en adelante todo fue mejorando. Y todo gracias al dolor de mis santos pies, que no estaban dispuestos a pasar por el aro de mi incompetencia. Bueno, y también gracias a un profeta barbudo y cachondo.
A trompicones, con las ganas tropezando con los planes y los pies de huelga cada pocos días, me había plantado en verano. Me había llegado por correo la guía de Ken Bob y en seguida empecé a plantearme en serio hacer caso de verdad a aquellos consejos técnicos en lugar de intentar pequeñas correcciones en mi estilo de carrera. El primero de ellos, el de apoyar el pie entero, fue tan revelador que me di cuenta de que no se trataba de hacer mas correcciones y apaños a mi forma de correr. Es que mi forma de correr debía ir de inmediato a la basura porque ya no servía, al menos no para correr descalzo. Estaba todo mal.
Nada de lo que me contaba aquel libro parecía complicado, todo redundaba alrededor de relajar, de acortar, de flexionar, de ponérselo fácil a mi cuerpo. Espoleado por aquella revelación «por vía plantar» rompí la barrera mental que me había mantenido atado al pasado. Vi claro que tenía que desaprender todo, que el problema eran aquellos movimientos que me salían por defecto, la inercia de los años corriendo mal. Aquello nuevo que empezaba a hacer me parecía y me sentaba como otra actividad. Me sentía un tanto ridículo con el abandono forzado de mi apoyo de «veloz medio-fondista», sin vuelo, sin tensión en la zancada, con esos pasos cortitos y frenéticos, pegados al suelo como los de un marchador… aquello no me parecía correr. Pero aquello era relajado, aquello no crispaba. Y cuando mirabas el cronómetro veías que aquello podía ser igual de rápido.
Más allá de las previsibles fases de adaptación de la piel y las inevitables pisadas sobre piedras y pequeños objetos, el principal percance que he sufrido des de que empecé “el cambio” no ocurrió corriendo, ni tan siquiera andando, ocurrió estando de pié haciendo unos estiramientos. Al levantar descuidadamente (y sin mirar) la pierna para apoyarla sobre un banco de piedra, me lo comí de un golpe violento en mi pié descalzo, sobre la falange distal del segundo dedo del pié. Vi las estrellas. Pensé que me había roto un dedo, no podía apoyar peso sobre el pie, me dolía una barbaridad. Estaba a las puertas de agosto y una vez más la fatalidad, ahora en forma de torpeza, se cruzaba en mi preparación para el maratón. Ahora sí, después de tanta inversión en paciencia, estaba rabioso. Otra lección aprendida del dolor: ahora soy más prudente en mis movimientos cuando estoy descalzo. Sin zapatos, los golpes en puertas, patas de sillas y demás… duelen.
Diez días después de aquel percance y cuando aun tenía el dedo morado, abandonando la prudencia sucumbí a la tentación de correr descalzo por central park aprovechando que estaba unos días en Manhattan. Yendo descalzo el dedo hinchado me dolía menos que con cualquier calcetín o zapatilla y los apoyos en el suelo me resultaban los más suaves y delicados que podía hacer. Sin embargo, la exuberancia de correr descalzo y lo sugerente del escenario me llevaron a rodar dos días seguidos sobre una ruta de unos 10 km por los caminos de asfalto. Después de semana y media de parón obligado, aquello no les gustó nada a mis pies. En medio de un paseo turístico, un agudo dolor de huesos, igual al que después del maratón de Berlín me volvería a dejar fuera de combate, me dejó completamente cojo.
Debo decir que en las dos ocasiones en que corrí descalzo por el parque lo más parecido que vi a corredores descalzos fueron un par de personas con zapatillas de dedos. Que decepción!… en la meca del descalzismo. La atracción más bién era yo, que incluso me llevé algunas miradas y comentarios de incomprensión por parte de algunos de los muchos corredores que había.
Aunque cinco meses después de aquel brutal golpe sigo teniendo el dedo hinchado y me duele al presionarlo (dice mi traumatólogo que hay una artritis y puede tardar varios meses en curarse) aquello no me impide correr ya que no duele al apoyar y en apariencia no parece que me genere ningún movimiento de compensación en el resto del cuerpo.
Las vacaciones fueron una antología del disparate, un compendio de equivocaciones del que se piensa que la cosa ya está hecha cuando todavía está en el abecé, la traca final de errores del principiante. Correr demasiado rato, correr demasiado rápido, descansar demasiado poco… y la guinda: Con una fe un tanto ilusa en mis progresos una tarde me propuse correr descalzo por un camino de asfalto, tierra y piedrecillas (y con osos al acecho para más señas). Al día siguiente el suflé de metatarsianos hablaba por si solo. Creo, espero, deseo que allí cometiera la última de mis grandes equivocaciones. Ahora soy todo moderación.
Estoy en la fase de retomar una rutina atlética continua de 6 entrenos semanales para distancia larga, con toda la paciencia, pero con el objetivo de volver a mi mejor nivel en el maratón de Barcelona 2013. Y siento confesarlo, pero ahí casi he abandonado el ir descalzo.
Cuanto más leo y más experimento, más me doy cuenta de que nada es simplificable, de que todo está lleno de matices, lleno de interrogantes, lleno de inexperiencia, pero también lleno de posibilidades, de cosas por descubrir y probar. Mi actitud hacia el correr y el calzado es cada vez mas de relativizar las informaciones, de contrastarlas con mi experiencia personal, de experimentar y sacar conclusiones… pero atención!, sin prisa por sacarlas, sin prisa para llegar a ningún sitio, sin prisa para nada. Correr bien, o correr natural, o correr descalzo no casan bien con las prisas. La mejor lección que me ha dado, me sigue dando y a buen seguro me seguirá dando este proceso adaptativo es la necesidad de ser paciente. Si quienes crecen descalzos desarrollan pies fuertes y adoptan naturalmente un correr fluido y eficiente, yo me planteo mi cambio como un necesario nacer de nuevo. Soy ahora un niño que debe levantarse, aprender a caminar y vivir toda una infancia y una juventud antes de ser, por ejemplo, capaz de correr un maratón por debajo de 2 horas 45 minutos.
Hay que modular los objetivos, relativizar las metas, entender que el éxito y el disfrute de este cambio está en vivir cada momento del proceso, cada pequeña mejora, cada nueva felicidad, cada consolidación. ¿Y no es eso una magnífica metáfora de lo que debería ser afrontar la vida en general?, ¿No sirve también tal camino para el amor, para el trabajo, para la formación académica…? Nunca sabemos dónde llegaremos, qué lograremos, de qué seremos capaces… disfrutemos pues del proceso. Seria aquello del “disfruta cada día como si fuera el último porque el mañana no lo ha visto nadie” aplicado al correr. Hay que olvidarse del largo plazo o pensar sólo en ello muy de vez en cuando y cómo algo vago e inconcreto pero positivo, no centrarse en objetivos cuantitativos, focalizar en la calidad, en el día a día, en el momento, en la retroalimentación acción-efecto percibido y tener la confianza de que avanzando a pasos pequeños pero firmes la mejora se producirá y se consolidará.
¿Cuánto dura pues el proceso de adaptación a una nueva técnica de carrera basada en la progresiva adopción de un correr natural, ligero, de zancada corta y cadencia elevada cuando se viene de una vida corriendo en calzado grueso y escasamente flexible, con un cadencia baja, una zancada larga y mucho esfuerzo muscular? Pues quizás es de perogrullo, pero no hay respuesta. En mi caso ese proceso no ha terminado y probablemente nunca termine del todo.
No es que ya solo me importe la dimensión sensorial del correr. No es eso. Yo no soy de los que simplemente corren por placer y no tienen objetivos competitivos. No, yo también deseo emplear esa “nueva” técnica para correr más rápido, más lejos, más tiempo, para mejorar mis marcas, para competir contra mí mismo. De hecho mi ideal no es en absoluto llegar a correr mucho descalzo. Últimamente lo hago muy poco. La preparación de carreras, el frio y la oscuridad lo han ido apartando de mi rutina.
Yo quiero ser feliz corriendo, y creo que eso no pasa necesariamente por correr descalzo. Mi objetivo ahora es humilde, simplemente mejorar mi forma de correr para que le pueda sacar más rendimiento a mis capacidades físicas naturales. Todavía tengo ganas de competir. Y aún sabedor de que a los 36 años mi momento físico óptimo ya pasó hace tiempo, la consciencia que he adquirido recientemente del mal uso que he hecho de mis capacidades físicas me hace ver como algo factible mejorar mis mejores marcas en maratón y media maratón, que tienen 3 y 4 años de antigüedad respectivamente.
Pero ahora que he empezado a construir mi correr sobre unos nuevos cimientos presiento que en el camino hacia ese objetivo de alcanzar o acercarme a la técnica natural de carrera, en el camino hacia aquella optimización y eficiencia energética que me puedan permitir sacar lo mejor de mi cuerpo, no hay atajos, no hay recetas, no hay nada que me pueda catapultar. Solo hay el propio proceso, el tránsito en sí mismo, el lento operar de los cambios sobre el sistema musculoesquelético y su engarce con el cerebro.
Como dice Danny Dreyer el objetivo diario al salir a correr, más allá de seguir con racionalidad un plan de trabajo preestablecido en base a principios científicos de entrenamiento deportivo, debería ser vivir siempre activamente el proceso, nunca ningún registro numérico. Y “el propio proceso” significa aprender continuamente incluso del entreno más fácil, experimentar sensorialmente cada momento del ejercicio en una constante retroalimentación cerebro-cuerpo que nos permita hacer sobre la marcha pequeños ajustes posicionales y de consumo energético para adaptarnos al momento y eliminar las incomodidades, los pequeños dolores, molestias o tensiones que nos llegan a través del sistema nervioso. El rodaje suave aeróbico, que es un elemento básico en cualquier plan de entrenamiento para fondistas, el trabajo que más se repite, deberíamos afrontarlo como dice Mark Cucuzella, como un placer, como una oportunidad de relajación mental y física al final de la jornada. Y ello significa trabajar y concentrarse en minimizar al máximo el consumo energético, eliminar las tensiones en los músculos, acallar cualquier molestia física, respirar con comodidad y percibir, percibir, percibir estímulos táctiles. Para ello es necesario probar pequeños cambios, a veces ajustes mínimos y estar atento, muy receptivo.
Des de mi última lesión no he vuelto a usar el pulsómetro ni a forzarme a terminar un entreno si mis músculos y tejidos, especialmente los de mis pies, me daban señales de alerta. Y de una cosa estoy convencido: cuanto más tiempo acumulo de rodajes con la nueva técnica, mas se afina mi sistema nervioso, mejor es la comunicación de mi cuerpo con mi cerebro, mas matices voy diferenciando en las señales de alerta, mas capacidad tengo de corregir los ángulos y fuerzas en mi cuerpo para aflojar tensiones, aunque a veces no sé apreciar exactamente que estoy cambiando o corrigiendo porque son cambios minúsculos, imperceptibles, que se hacen des de la… ¿intuición propioceptiva?.
Al principio, las primeras veces que rodé descalzo, me asustaba mucho cuando las tensiones en la fascia del pié derivaban en pinchazos. Sentía muy cercana la posibilidad de una súbita rotura de fibras en la planta, o de una tendinitis, o de otra fascitis plantar (no os quisiera aburrir con mi historial de lesiones, que da para otro artículo)… Aflojaba drásticamente o me detenía casi en el acto. Desconozco si la agudez del señal de alerta que yo percibía de mis pies era proporcional al riesgo que entrañaba mi deficiente ejecución, o era también debido a una falta de ajuste fino del sistema nervioso que generaba una percepción exagerada de dolor… Qué más da, la cuestión es que mi cuerpo me estaba gritando cosas y aunque las oía mal y quizás distorsionadas, reaccioné a las mismas. ¿Quizás con demasiada prudencia?… quizás. Pero visto des de la distancia ahora no me parece que hiciera mal.
Creo tener claro que cuando solo reaccionas al dolor exagerado o a la rotura, ya sea por una idea del “aguante” mal entendido o por falta de afinado del sistema nervioso (o sea, de incapacidad para percibir correctamente los estímulos) vas dando frenazos y pasos atrás en tu progresión. Tus planes de entrenamiento se truncan y la mejora física se ve impedida. Por contra, cuando aplicando la prudencia eliges aflojar o parar a tiempo ante síntomas menos agudos, pero que son igualmente advertencias de seguridad, el cuerpo responde agradecido con una recuperación más rápida, asimilando con más celeridad el trabajo. Y los días «perdidos» sin entrenar o entrenando suave no son pasos atrás, sino adelante, más cortos y más lentos, pero adelante. Seria aquello del “vísteme de espacio que tengo prisa”. Como ahora tengo cierta prisa para correr mejor y más rápido cuanto antes, soy muy prudente, muy cauto, voy muy despacio, me esfuerzo un poquito, me exijo lo justo y descanso mucho. El cuerpo no para de adaptarse, cada día lo hace, pero siempre a una velocidad inferior a nuestras ansias. No planifiquemos en demasía, vivamos el cambio pacientemente, disfrutemos notándolo.
A los que necesitéis o simplemente queráis empezar ese proceso de cambio en vuestra técnica de carrera y tengáis la cabeza llena de dudas, lo mejor que os puedo decir es que no os ofusquéis, que no os compliquéis pensando qué método será el más conveniente o adecuado para vosotros, que no os sintáis solos, ignorantes ni inseguros. Ese cambio es mucho más fácil de lo que parece al principio. Creo que es algo que pasa naturalmente, que acaba ocurriendo inevitablemente. Pero es necesario el tiempo para empezar a poder apreciarlo.
Solo hacen falta tres cosas: 1- la voluntad plena de hacer el cambio, 2- vuestros pies (y por extensión el resto de vuestro cuerpo y su capacidad de percibir sensaciones) y 3- una dosis indefinida de tiempo que, para evitar frustraciones, os diría que es mucho tiempo, y si me apuráis pidiéndome que sea más preciso os diría que es todo el tiempo del mundo.
Digo que es algo que ocurre naturalmente porque el cuerpo te premia cuando aciertas y te castiga cuando yerras. Esta es la regla, el modo de proceder. Te da placer y bienestar cuando te mueves bien y te da dolor, rigidez y crispación cuando lo haces mal. Es muy típico de la naturaleza, premiar lo necesario y deseable con placer. Interesa que la especie se reproduzca y perdure… y convierte en agradables las relaciones sexuales. Conviene ser eficiente y resistente en la carrera… lo convierte en algo placentero y relajante. Cuanto más tozudo y sordo he sido a las señales de mis pies mas días han habido de paro obligado y mas bolsas de hielo atadas a mis pies. Cuando he ido aceptando, siempre a regañadientes, que la última palabra la tienen mis pies, la cosa ha mejorado poquito a poco.
Llevo des del 5 de marzo (9 meses) corriendo de una nueva forma y aun estoy un tanto lejos de los quilometrajes de otras épocas de trabajo (por ejemplo hace 3 años) pero ahora tengo que atender a un nuevo mundo interior de sensaciones y motivaciones. Ahora disfruto igual del rodaje más suave como del ritmo más vivo. Mi objetivo a cada entrenamiento es disfrutar ejecutando el trabajo que está planificado (o no) sin ir en contra de mi cuerpo, evitando el dolor y la molestia, sin tensionar innecesariamente. Un simple rodaje regenerativo de 35 minutos suaves se debe convertir en una práctica de perfeccionar la ligereza, la livianidad… debo correr sin ninguna tensión muscular, debo minimizar el ruido de mis suelas, debo sentir el desplazamiento del conjunto de mi cuerpo como una armónica concatenación de movimientos inerciales suaves y rápidos que yo tan solo conduzco.
Como sugiere Danny Dreyer intento evocar la imagen mental de que mi tronco, de la cadera hasta el cráneo, sea una línea recta firme e inmóvil pero sin tensiones, mientras mis miembros cuelgan relajados pendulando sin esfuerzo muscular alguno. Correr puede ser muy agradable y resultar muy relajado cuando se asemeja a esta imagen. Y eso vale también para correr rápido, para la competición… nunca debo olvidar relajarme. A mayor velocidad requerida, mayor necesidad de relajarme para aumentar o mantener la cadencia y para ampliar la zancada sin crispar los músculos.
Correr es entonces una cuestión de higiene posicional del tronco, de cadencia elevada en el movimiento de las extremidades y sí… de esfuerzo también, pero solo de esfuerzo pulmonar, vascular y mental… Dejad vuestros músculos tranquilos!. Vale, de acuerdo, con las palabras se puede simplificar la realidad o hacer un poco de trampa. Pero es que correr bien, o simplemente correr mejor, es también una cuestión del lenguaje utilizado para describirlo y de las imágenes mentales utilizadas para guiar des del cerebro el movimiento del cuerpo.
No hay prácticamente nada de cosecha propia en este texto, todo son enseñanzas leídas, pero eso sí, verificadas y testadas sobre mi propio cuerpo. Os recomiendo leer sobre correr, especialmente sobre técnica de carrera, todo lo que podáis. Jamás había imaginado que la lectura iba a ser mi mejor entrenador. Con los libros, las webs, y sobretodo el feedback con mi cuerpo he conseguido mejorar notablemente mis sensaciones al correr, sin necesidad de compañeros ni entrenadores para corregirme o guiarme. Cuando he dejado de desconfiar de los textos y de pasar por mi filtro distorsionador todas las informaciones y me he limitado a aplicar sin más lo que había leído es cuando he apreciado cambios más claramente. La principal dificultad que he debido vencer para iniciar ese aprendizaje ha sido desaprender. Desaprender todo cuando creía saber sobre técnica de carrera. Rebajar mis ínfulas de pseudoatleta. Volver a empezar.
Radicalidad. Esa es la clave, ser radical. I radical no significa ser un extremista ni un talibán. Radical (etimológicamente proviene del latín radix -«raíz»-; o de «base», que afecta a la esencia o a los fundamentos, a lo más profundo).
Se trata pues de cambiar la técnica de carrera des de las bases, construir sobre nuevas hipótesis, pero de hacerlo poquito a poco, asimilando paulatinamente. Por eso yo confío mas en apartar rápido el calzado convencional para correr y descalzarse des del momento cero. Los primeros meses los hice casi totalmente descalzo. Pero hice muy poquito, descansando mucho, aumentando progresivamente, intercalando mucha bici para desahogarme. Luego ya empecé a calzarme de nuevo pero siempre con zapatos planos, muy flexibles y escasamente amortiguados: menos amortiguados para entrenar y mas amortiguados para competir. Y sabedor de que cualquier calzado siempre influirá «negativamente» en mi movimiento haciéndolo menos prudente, menos autoprotectivo y más agresivo, siempre intento no olvidar que dentro de las zapatillas están mis pies descalzos, frágiles, delicados y sensibles, listos para dolerme al menor abuso.
La primera tentación cuando me sentí iluminado por esos nuevos conocimientos, más bien debería decir informaciones, ya que el término conocimiento implica quizá un grado de comprensión que yo no tenía en aquel momento ni quizás tampoco ahora, fue la necesidad de alumbrar mis amistades y corredores conocidos, talmente como si estuvieran esperando que alguien les redimiera de quién sabe qué males. Craso error. Si algo te funciona, no lo cambies.
Ahora, cuando llevo nueve meses acostumbrando mis pies a una nueva situación, o más bien debería decir a una nueva variedad de situaciones, puedo decir que mi salud deportiva es mejor, que mis perspectivas son más optimistas y que el cambio, aunque lentamente, va produciéndose. Mas bien veo el correr natural como un medio que no el correr descalzo como una meta, aunque practicado a bajo ritmo, con buen tiempo y por el asfalto me parece un placer.
Estos comentarios no pretenden ni mucho menos sentar cátedra. No me hagáis ni caso. Los consejos que se escapan entre mis líneas no pretenden ser tales, quizás ni tan siquiera mis vivencias sean exportables al común de los corredores. No tienen más valor que el de una experiencia personal. Este texto solo quiere ser un caso particular a disposición del público y del que cada cual pueda extraer lo que le interese.
Si algún sugerimiento sí me atrevería a dar a la gente con problemas de lesiones o sobrecargas, es que prueben a cambiar cosas en su técnica de carrera, que se dejen guiar por sus sensaciones y nunca por las prisas. Más allá de estas generalidades soy cauto a la hora de dar recetas. Que sea cauto no significa que sea neutro o que no empiece a ver algunas cosas bastante claras. Pero esas cosas claras me las guardo y me las aplico a mí, que es de lo que se trata, de que me valgan a mí, de que me funcionen a mí. Y eso no presupone que dentro de un tiempo, con más trabajo en las piernas y más experiencia, las siga viendo del mismo color.
En mi haber: mi nivel atlético, siendo de lo más vulgar, es claramente más alto que el del participante medio que se pueda encontrar en las carreras populares de maratón, media maratón o incluso en distancias inferiores, recibí un cierta formación atlética y corro des de los 17 años, totalizando ahora 20 años de práctica atlética amateur más o menos seria aunque no siempre igual de competitiva.
En mi debe: hasta que decidí empezar este cambio, mis pies (planos) siempre corrieron con calzado amortiguado más o menos convencional. Eso significa 19 años calzando material digamos poco apropiado, con los 7 últimos en zapatillas del tipo control de pronación y los últimos 6 en plantillas ortopédicas de triple densidad, muy rígidas, para tratar primero un problema de metatarsalgia y después uno de fascitis plantar.
Voy a dar por supuesto, y sé que eso es mucho suponer, que jamás he sido un corredor talonador, ya que me enseñaron a correr apoyando el antepié. Siempre sentí intuitivamente peligroso y anti-natural dejar caer mi cuerpo sobre el talón.
También voy a dar por supuesto que siempre tuve una zancada demasiado larga y voladora, ya que la que he aprendido ahora me parece corta y relajada mientras que mi nueva cadencia me parece muy viva en comparación con la anterior.
Aunque sé que es aventurado y nada científico efectuar las siguientes hipótesis, me atrevo a proponer:
1-Que el problema de hinchazón de metatarsianos que sufrí a los pocos meses de empezar a preparar mi primera carrera larga (una media maratón), que por cierto se alivió bastante bien con las plantillas, fue a causa de empujar demasiado: zancada demasiado larga, demasiado vuelo, excesiva fuerza muscular y quizás también agravado por algún terreno con excesiva piedrecilla suelta.
2-Que el problema de fascitis plantar y/o rotura fibrilar en la musculatura del pié, que sufrí en mi quinto año en la larga distancia, fue el resultado de la superposición de la debilitación del pié, fruto de la utilización prolongada en el tiempo de calzado inapropiado, de una técnica de carrera agresiva y antinatural, y de el añadido de unas plantillas ortopédicas rígidas que había seguido usando des del problema de metatarsianos.
3-Que mi tendencia histórica natural a torcerme alegremente los tobillos en situaciones que parecían poco comprensibles, se debe poco a la laxitud de mis tobillos (que son algo más flexibles que los de la mayoría de gente sana) y mucho a una mala técnica (demasiado vuelo, apoyo adelantado, excesiva fuerza) y a las suelas gruesas con talones sobre-elevados de mis zapatillas y a las plantillas ortopédicas personalizadas que aumentan todavía más la altura y la inclinación del pié.
Des de que en el año 2005 empecé a preparar distancias largas siempre tuve problemas de dolor general de las plantas de los pies después de las carreras, de los rodajes muy largos o de los rodajes medianos muy intensos. Ese dolor era más agudo en el ante-pié o medio-pié, pero afectaba toda la planta, resultando especialmente molesto al doblar hacia arriba los dedos.
Haber cambiado radicalmente (o eso creo) mi técnica, haber pasado la mayor parte de los 4 o 5 primeros meses corriendo mayormente descalzo, no haber vuelto a usar nunca plantillas ortopédicas, “zapatillas convencionales” para correr y casi nunca “zapatos normales de zapatería” en la vida diaria, y finalmente estar en la senda de retomar progresivamente los niveles de volumen e intensidad en la práctica atlética anteriores al cambio de técnica, son factores que me han hecho (y todavía me hacen) sufrir muy variados y habituales dolores/molestias de distinto grado en los pies durante el proceso.
Pero estos dolores siempre me han parecido claramente distintos a aquel dolor general “indiscriminado”. Primero y antes que nada: son dolores esperados y esperables ante el cambio. Han sido siempre dolores escuchados, analizados y que me han generado siempre una reacción: bien fuera de parar o de disminuir la actividad de correr. Han sido dolores más concretos y localizados: tensión general de la fascia acompañado o no por dolor tipo pinchazo lineal, dolor “de huesos” en la línea-bisagra lateral de apoyo exterior del pié, dolor ”de huesos” en la parte superior del pié… Son dolores que aparentan disminuir lentamente en intensidad y frecuencia con el paso del tiempo y con el aumento de la actividad. Son dolores que siguen ahí a menudo, son dolores que pueden ser puntualmente serios pero que me quitan poco el sueño.
En lo referente a las torceduras de tobillo y los amagos de torcedura, que antes se sucedían con una lamentable periodicidad han prácticamente desparecido des de que he cambiado de técnica, con la única excepción de un leve amago hace pocas semanas, probablemente provocado por alguna irregularidad en el suelo y cierto despiste en el escaneo del terreno, y que quedó en nada (ni tan siquiera dejé un instante de correr) debido a la poca fuerza de la zancada y a la posición cercana al tronco del pié de apoyo.
En febrero decidí que la rehabilitación después de la lesión, con el cauto, suave y progresivo retomar de la actividad de correr, era la ocasión ideal para introducir una cambio completo en mi manera de correr. No me arrepiento un ápice.

Reus, 9 de diciembre de 2012