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AQUILIFER (el hombre con piel de lobo)Parte1

 

Mario se movía como una sombra entre los árboles, tan rápido como le permitían las escasas fuerzas que le quedaban. Llevaba tres días huyendo sin parar, resguardándose durante las horas de luz y avanzando en la oscuridad.

Él, que había corrido tantas veces como atleta hoy lo hacía para salvar la vida.

Tenía marcas de la batalla por todo el cuerpo; lucía cortes en ambos brazos, había recibido un enorme golpe en la sien y la piel de ese lado de la cara se le estaba empezando a poner tumefacta. Un salvaje tajo de una espada germana le había alcanzado el hombro, atravesando la cota de malla y produciéndole una herida que no dejaba de sangrar.

Siguió corriendo a través de un sendero por el que hacía mucho tiempo que no pasaba nadie, a juzgar por la maleza que había invadido el terreno del que un día la desalojaron, y llegó a un punto en el que el camino se bifurcaba. Eligió la opción de la derecha, avanzó un poco más y llegó a un claro bañado por la luz de la luna. Uno de sus lados, estaba rodeado por un cortado de rocas de muchos pies de alto y cubierto de vegetación. Le pareció que era imposible de escalar. Al otro lado, se abría una zona pantanosa, con algún camino con mucho barro, por el que sería muy difícil avanzar corriendo; pero no tenía demasiadas opciones. Quería salir de ese maldito bosque.

Pero antes, descansaría, aunque fuera unos instantes; sentía que los pulmones le iban a reventar; la herida del hombro seguía sangrando y le producía un dolor que casi no le dejaba levantar el brazo. Se acercó a un enorme roble que se alzaba al pie del quebrado, apoyó en él su espalda, cerró los ojos y, por un momento, se sintió lejos de allí…

Lejos de ese condenado bosque en el que, tres días antes, una horda de germanos les arrinconó en un estrecho paso, les rodeó y les fue exterminando sin compasión, uno por uno.

Se vio años antes, cuando abandonó su pequeña urbe, la Emerita Augusta, fundada por su padre y los demás veteranos de las guerras de Augusto.

Se había hecho un nombre como corredor en los juegos deportivos celebrados en los Idus de Marzo. Era “el chico que corría descalzo” Los mozalbetes corrían y jugaban sin calzado desde pequeños, pero al llegar a la pubertad usaban las típicas “soleas” y no volvían a descalzarse. Incluso los atletas corrían con estas sandalias pero hechas especialmente por los mejores artesanos de cada villa.

Pero él no, nunca pudo correr con “soleas”, pero cuando se las quitaba……. Recuerda su primera carrera en el estadio. Por su edad solo podía correr el “diaulo”, y ganó. Pero cuando los atletas comenzaron a correr la prueba importante, la “dolica”, no lo pudo resistir. Salto al “stadio”, adelantó a todos los corredores y entró triunfante en meta. Rápidamente se le echaron encima los “cohorte urbanae”. Pero el pueblo coreó su triunfo y se le dejó libre.

Desde entonces había corrido en muchos lugares hasta competir con los mejores de Hispania en Cesar Augusta, y desde allí su entrenador le llevó a Roma, con los más grandes. Y después iría a Olimpia para conseguir la corona de laurel, el trofeo más preciado para cualquier atleta.

Pero antes de partir vio el desfile de las Legiones por el Foro. Volvían triunfantes de una campaña contra los bárbaros. Y se acordó de su padre, veterano de Augusto; y su tío, que lucho con el más grande, Julio Cesar. No lo dudó y se alistó. Se preparaban nuevas legiones para combatir en Germania. Olimpia tendría que esperar.

Pasó meses manejando el escudo y la espada de madera, tres veces más pesados que las armas de guerra.

Recordó cuando se hizo “milites” e ingreso en la cohorte, como no, a la X, la de los novatos.

Recordaba su primera batalla en las cercanías del Rhin.

Un ejército germano se acercaba a la Galia, la provincia conquistada por Julio Cesar años antes, y su Legión, la XVII, era la encargada de interceptarlos.

Los germanos avanzaban, según su costumbre, con toda la tribu: 30.000 en total, descontando niños, mujeres, ancianos y esclavos, unos 10.000 guerreros. Y una mañana se encontraron para la lucha

Las diez cohortes de la legión se hallaban dispuestas en tres líneas con los huecos entre los manípulos abiertos. El enemigo se acercaba. El legado alerta a los centuriones de los manípulos que cubren los flancos para que estén atentos, pero los veteranos oficiales saben perfectamente lo que deben hacer si los germanos tratan de rodear la formación romana. Todo se efectúa automáticamente. Todos saben qué lugar deben ocupar y lo que tienen que hacer mientras las ásperas vozarronas de los centuriones no dejan de gritar consejos a los legionarios que oyen continuamente la ronca pero tranquilizadora voz de sus oficiales.

 

¡¡¡A VER SI SOIS CAPACES DE ACABAR CON ELLOS ANTES DE QUE LA SEGUNDA LÍNEA TENGA QUE VENIR A LLEVARSE LA GLORIA!!!

 

Su centurión, Marco se dirigió a ellos. A pesar de ser de los más veteranos seguía en la X cohorte, con los novatos. Se jactaba que los que pasaban por sus manos llegaban pronto a la 1ª, la mejor de toda la Legión. Su pecho relucía con todas sus condecoraciones.

 

¡¡¡ UNA ANFORA DE VINO Y 300 DENARIOS AL QUE MATE AL BÁRBARO MAS ALTO!!! ¡¡¡ DEJADEM A MÍ A LOS QUE SOLO OS SAQUEN UNA CABEZA!!!

 

 

Y los legionarios, formados en filas perfectas, sienten el poder de Roma recorriéndoles las venas. Veían la marea de germanos correr hacia ellos desordenadamente, gritando de manera espeluznante y contemplan la línea que sus cuerpos forman sobre el suelo: lisa, llana, recta como trazada a pluma. Los germanos son más altos, son más fuertes, pero en los oídos romanos aún resuenan claras las palabras que antes de abandonar el campamento les dirigió su legado:

 

-Nosotros somos la civilización, el orden, la belleza, el arte. Ahí delante hay bárbaros que sólo saben gritar y comer como los caballos. ¿Cuánto nos van a durar esos salvajes? ¿Cuánto tardará nuestra águila en ser clavada en el centro de su campamento? ¡Roma es invencible porque vosotros estáis aquí para defenderla! ¡A por ellos!-

 

Los legionarios, clavaron la vista en el Aquilifer que se adelanta blandiendo el águila.

El rango conseguido por su tío Lucio, veterano de la Legión X de Julio Cesar. El reservado al legionario más valeroso y más apreciado por sus compañeros. El que llevaba el Águila de la Legión y tenía el honor de lucir sobre su armadura la piel de lobo, el símbolo de Roma

 

Cinco mil voces gritaron en una sola.

 

¡¡¡ A POR ELLOS!!!

 

Los gritos de los germanos son ensordecedores y retumban en los oídos de los legionarios que aguardan sin mover un músculo, con la segunda centuria de cada manipulo cerrando el hueco en la primera línea para formar un frente compacto, una verdadera muralla de hierro. De repente, los legionarios entrechocan fuertemente sus dos pilus contra los escudos formando un trueno que ahoga los gritos germanos.

Es el aviso de que la legión de Roma está aquí.

El centurión “primus pilus”, oficial jefe de la primera centuria del primer manipulo de la primera cohorte se adelanta unos pasos para que toda la línea pueda verle. Y todos le ven. Impasible, erguido. Con la vista fija en la marea de germanos que se acerca atronadoramente, mientras sus condecoraciones ganadas en cien combates resplandecen al claro sol de la mañana. Y lentamente desenfunda su espada, la “gladius hispaniensis” que bañada por el sol envía su destellante reflejo, avisando que es portadora de muerte a la masa oscura de germanos que están ya a cincuenta metros. Repentinamente, el brazo del centurión jefe de la legión desciende. Automáticamente, la primera línea lanza su grito de guerra.

 

¡¡¡ROMA INVICTA EST!!!

 

Y se lanza a la carrera contra el enemigo. Una carrera ordenada, mil veces ensayada para que ninguna unidad se adelante demasiado. A menos de veinte metros del enemigo, los legionarios de las primeras posiciones lanzan su pilum ligero que se alzan silbando, portadores de muerte y destrucción. Cada lanza alcanza su objetivo en las primeras líneas germanas atravesando escudos de madera y carne. Pero antes de que los sorprendidos germanos se den cuenta de lo que ha ocurrido oyen el silbido de la segunda oleada: son los pilum pesados que vuelan ya contra ellos. Instintivamente, los germanos alzan los escudos sobre sus cabezas para protegerse de aquella lluvia infernal, pero de nada vale. El pesado pilum atraviesa los escudos de madera como si fuesen de papel. Y si el germano tiene suerte y el asta de hierro no le atraviesa, el pilum cumple su función. El remache que une el asta de hierro al mango de madera se quiebra con el impacto y ambas partes se doblan como una bisagra impidiendo al germano que pueda utilizar el escudo.

Las primeras líneas germanas han quedado frenadas, miles de guerreros han sido muertos, heridos o tratan desesperadamente de arrancar aquel infernal artilugio clavado de sus escudos. Y nada más lanzar el segundo pilum, los legionarios, a la carrera, han desenfundado su arma más letal, la gladius, y embisten a la masacrada línea germana.

Los legionarios atacan con el cuerpo encogido, el gran escudo en alto, protegiendo su cabeza y torso de las largas espadas germanas que se utilizan como mazas. Los impactos son terribles.

Mario para el primer golpe pero un dolor insufrible le recorre el brazo hasta el hombro. El germano le ha roto el brazo por la violencia del golpe, pero el escudo consigue detener el corte de la espada que, aunque logra atravesar el reborde de bronce y clavarse en la madera le protege del ataque. Y entonces llega su momento, se lanza hacia delante y clava su espada en el cuerpo del bárbaro. Su gladius, corta y ancha, perfectamente contrapesada para conseguir ser una auténtica prolongación de su brazo, se clava en la carne, atravesándola como si de mantequilla se tratara. Mira a su derecha y ve como su amigo Elio ha caído al suelo por el envite de su oponente y está a merced de dos salvajes que le van a atravesar con sus espadas. Gira la empuñadura en su muñeca y a modo de puñal clava su Gladius en la espalda del bárbaro más cercano, y se lanza casco por delante contra el segundo, un enorme germano de más de ocho pies de altura.

El empujón de Mario no es suficiente para derribar al enorme guerrero y este lanza un mandoble con su temible acero que apenas puede esquivar. Su Loriga se abre a la altura del pecho y siente como la sangre mana por sus ropas. Pero ante el peso de la espada, el germano ha desguarnecido su lado derecho y Mario puede clavar su espada a la altura del hígado de su oponente en un movimiento vertical.

Hunde su gladius casi hasta la empuñadura y el bárbaro cae herido de muerte a sus pies. Su amigo Elio, con un fuerte mandoble le corta la cabeza.

Los germanos empiezan a huir desordenadamente pero las filas romanas se mantienen en el sitio. Ya se encargará la caballería de emprender la persecución.

En ese momento no se tenía en pie y clava una rodilla en el suelo. Pero puede observar como el Aquilifer se bate contra cuatro enemigos. Este no lleva escudo y solo cuenta con la protección del pesado poste de madera que sostiene el Águila de plata de la Legión, y espantado observa como un bárbaro, golpeándole por la espalda hace caer al valeroso legionario.

Dos germanos cogen el preciado símbolo y emprenden la huida hacia el bosque. Mario no lo duda. Arroja su escudo y corre detrás de los bárbaros. Estos son más grandes que él, corren casi desnudos y descalzos; y en un primer momento, con gran velocidad consiguen alejarse de Mario. Pero este no desiste. Mantiene su ritmo y zancada, y está seguro que les dará alcance. Ha corrido decenas y su mundo ha sido la carrera. Como si compitiese delante de los dioses no desfallece en su esfuerzo.

Las heridas del brazo y el pecho le arden y duelen como nada que hubiese conocido antes, pero sigue corriendo. Los germanos miran atrás y comienzan a subir una colina próxima, no decaen en su esfuerzo y parece que se alejan de Mario. Este los mantiene a la vista pero no acorta la distancia y siente que sus piernas pesan quintales. Entonces se mira los pies para ver en ellos las pesadas “caligae” con sus suelas claveteadas. Así que no lo duda, se despoja de ellas y corre como él sabe, sin estorbos, sintiendo el contacto del suelo en sus plantas. Y entonces, poco a poco, se va aproximando a los dos barbaros, y la distancia se reduce. Cuando solo le quedan unos pocos pies para atajarles los bárbaros desaparecen detrás de la cresta.

Ya en lo alto de la colina el Mario ve a pocos metros al bárbaro que porta el águila descendiendo por un estrecho sendero, pero el segundo germano ha desaparecido. En ese instante escucha un sonido casi imperceptible desde el suelo y apenas tiene tiempo para saltar mientras una hoja de acero siega la hierba bajo él. El otro bárbaro se había agazapado tras los helechos y le envió un mandoble que de no haber saltado Mario le hubiese cortado las piernas.

El germano se eleva como un resorte y se dirige a él con su enorme espada en alto, pero el esfuerzo realizado ha sido grande y cuando intenta golpear de nuevo el movimiento es torpe y lo único que consigue es hundir la hoja en el suelo. Mario solo tiene que girar, colocarse detrás de él y alojarle la gladius en la espalda. El otro bárbaro aprovechó para poner distancia entre ambos, pero la impetuosa carrera inicial y la subida por la colina han hecho que agote sus reservas de oxígeno. Mario baja la cuesta deprisa, es un corredor nato y sabe que la persecución ha tocado a su fin. El bárbaro, casi desfallecido se gira y hace frente al pequeño legionario. Intenta defenderse utilizando el Águila a modo de maza, pero apenas tiene fuerza para levantar el pesado mástil y sus movimientos son lentísimos. No espera el ataque recto y cortante que le atraviesa las costillas.

Mario regresó a las filas de sus compañeros, entrega el Águila sagrada a su centurión Marco y no soportando más el dolor de sus heridas cae al suelo. Antes de entrar en la oscuridad resuena en sus oídos el grito de toda la XVII Legión.

 

¡¡¡ROMA VINCIT!!!

 

Recordó cuando se despertó en su camastro de la centuria. Le dolía todo el cuerpo y no sabía cuánto tiempo estuvo dormido. A su lado, sobre un banquete descansaba una piel de lobo, y apoyado en ella un mástil de madera, oscuro y pulido. Y en su cúspide un águila de plata. Su centurión, Marco, y su amigo Elio le miraban fijamente, sonriendo.

 

– Si, es tuya- dijo Elio- Te la has ganado.

– Y el traslado a la 1ª cohorte, la mejor – aclaró Marco- Después de pasar por mis manos. Y el que menos tiempo ha permanecido en la décima.

– Pero…. – intentó balbucear Mario- hay hombres que lo merecen más que yo…..

– El único candidato serio era Horacio, ya sabes, era querido por todos, pero una flecha germana le atravesó en la batalla – explicó Marco – Como tú recuperaste el Águila y lo trajiste de vuelta, todos gritaron tu nombre cuando el Legado preguntó quién sería nuestro Aquilifer. Ahora descansa.

Mario se quedó perplejo, no sabía que de decir.

– Por cierto, tu ánfora de vino y tus 300 denarios te esperan. Mataste al germano más grande. Tu amigo Elio dijo que el mérito fue tuyo.

 

A la primera batalla la sucedieron otras muchas en las que momento antes del enfrentamiento se adelantaba a sus compañeros y mostraba a los enemigos el Águila sagrada de Roma. Y estos observaban a aquel hombre que cubierto con una piel de lobo les retaba.

 

Hasta ese aciago día en que en compañía de las Legiones XVIII y XIX se introdujeron en Germania Magna bajo las órdenes del Cónsul Quintilio Varo.

Y en los bosques de Teutoburgo ocurrió el desastre.

 

Recordó como una horda de germanos les arrinconó en un estrecho paso, les rodeó y les fue exterminando sin compasión, uno por uno.

Recordó cómo iban marchando tranquilamente cuando se escuchó un enorme clamor. Los asnos se pusieron a rebuznar como locos, y el suelo empezó a retumbar. Cuando Mario giró la cabeza en dirección a los gritos, vio miles de germanos corriendo hacia ellos, la mayoría enormes, algunos casi desnudos, vociferando sus antiguos cánticos de guerra como si estuvieran en trance. Intentó formar con sus compañeros de centuria para cargar contra los atacantes pero comprendió que iba a ser imposible. Con ellos iban muchas mujeres y personal no combatiente y el tren de bagajes no les dejaba maniobrar. Todo era confusión. Pronto, el empuje bárbaro les separó en grupos de diez, quince o veinte hombres. Iban a matarlos a todos.

Recordó cómo apenas le dio tiempo a ponerse el casco, cómo ni siquiera pudo sacar el escudo de su funda, antes de tener que levantarlo para parar el golpe de un enorme bárbaro, y luego otro, y otro…. Los guerreros saltaban por encima de los cadáveres de sus compañeros como si no les importara la muerte. ¡Dioses!, Germania estaba casi pacificada. ¿Por qué les atacaban ahora, de regreso a sus cuarteles? ¿No había paz y eran los germanos aliados de Roma?

Todos sus compañeros habían caído. Marco, su querido centurión, luchó valientemente con varios enemigos pero no pudo ver a un bárbaro que se le acercó por la espalda y que, de un golpe, casi le cercenó el brazo derecho. Entre varios, consiguieron tirarlo al suelo y una vez allí, fue una presa fácil. Le atravesaron varias veces con sus espadas. Mario no pudo llegar a tiempo para ayudarlo. Habían matado a Elio, su amigo, juntos habían aprendido a pelear, a comportarse… ¡a ser romanos!…

¡Roma!, ¡Cuánto amaba a Roma…!. Por eso recogió el Águila de la Legión y luchando bravamente, consiguió llegar a la espesura y escapar de la masacre…

Corrió y corrió hasta perder el aliento. Esta no eran sus carreras de atleta, no. Aquí el pánico le invadía, y el sentimiento de que el Águila de la Legión, su Legión, no podía caer en manos bárbaras.

Un grupo de germanos iba en su persecución, gritando y aullando como fieras. Pero sus piernas se elevaban como nunca había sentido. Un súbito mareo le invadió. La boca le sabía a sangre y enormes nausea le llenaron la boca para vomitar todo el contenido de su estómago. Pero tuvo un momento de lucidez y pensó en correr con cabeza. Gracias a su velocidad inicial sacaba un buen trecho a sus perseguidores, y usando sus conocimientos aflojó el ritmo. Se despojó de las “caligae”, de la “loriga” y del pesado casco. Así, descalzo y con la piel de lobo, símbolo de su rango, correría como siempre lo había hecho. Era su especialidad y los bárbaros no iban a ser rivales para él. De este modo comenzó a subir una colina pelada de árboles y casi llegando a la cima escuchó el familiar silbido de las flechas. Solo en ese instante miró atrás. Los venablos caían por detrás de él y eso significaba que los germanos abandonaban la persecución. Les faltaban pulmones para alcanzarle. Por primera vez ese día sonrió. Aprovechó la ventaja que le proporcionaba la pendiente para aumentar la distancia e introducirse en la espesura.

Así había permanecido los últimos tres días, huyendo. Sus pies descalzos pisaron todo tipo de suelo.; senderos de tierra blanda, maleza, pedregales, pero eso no era problema para él. Lo más importante era el Águila, un trofeo preciado para los enemigos de Roma, y él, Aquilifer de la XVII Legión no iba a permitir que ningún sucio bárbaro posara sus manos sobre ella.

 

Sus recuerdos y el cansancio le habían adormilado, pero súbitamente, un ruido le saco de su estado. Alzó la cabeza y vio dos enormes germanos enfrente de él pero… ¿de dónde habían salido? Buscó con la mirada una explicación y al cabo de unos segundos acertó a ver un agujero en la maleza. Deberían haber venido por ahí. Tres días huyendo para morir ahora. Instantáneamente, recordó sus años de entrenamiento en Maguncia: tenía que quitar a uno de en medio cuanto antes. Si eran inteligentes, no le dejarían ninguna posibilidad. Uno de ellos salió corriendo hacia él. Mejor así, pensó… de uno en uno. El bárbaro alzó la gigantesca espada cortante y lanzó un enorme tajo de arriba abajo que falló su objetivo por poco, pues pasó rozando la cabeza de Mario. Pero la fuerza de su propio golpe lo desequilibró y su enorme cuerpo se venció hacia delante. El romano no tuvo más que desplazarse lateralmente y lanzarle una estocada en el torso. La hoja se hundió casi completamente mientras el gigante lanzaba un espantoso aullido de dolor y se desplomaba.

El segundo de ellos contempló la escena aparentemente sin inmutarse pero avanzó de manera mucho más cautelosa. No era tan impresionante como su compañero, pero parecía más inteligente. Se limitó a gritar mientras volvía su espalda contra el cortado y se preparaba para repeler el ataque del legionario. Este comprendió que si no cesaban los gritos, los compañeros del germano acabarían por oírle y vendrían en su ayuda, así que se lanzó contra él, pero su rival era listo y esquivaba bien sus ataques. En un momento del combate, sus espadas se alzaron al unísono, chocaron en el aire y los dos luchadores se agarraron mutuamente por las muñecas, cayendo al suelo. Empezaron a rodar, tratando cada uno de ponerse encima del otro, pero nadie conseguía imponerse hasta que Mario, deslizo su pierna bajo el vientre del bárbaro, y le lanzó, por encima suyo, hacia el pantano. Rápidamente se puso encima de él, le sujetó el brazo con una mano, su otro brazo con una de sus piernas y empezó a ahogarlo. El germano hacía desesperados esfuerzos para respirar pero tenía toda la cabeza bajo el agua y, unos momentos más tarde, estaba muerto.

Mario, salió del agua, e instintivamente se llevó la mano al costado: el germano había conseguido alcanzarle; tenía una herida de un palmo bajo el pecho, de la que manaba sangre abundantemente. No aguantaría mucho, se desangraba y supo que iba a morir. De pronto, escuchó más gritos que venían del camino; Había más bárbaros. Mario cerró los ojos, apretó los puños y se dejó caer, de rodillas, al suelo. El dolor ya era insoportable pero aún tenía algo que hacer. Sacando fuerzas de donde no las había corrió hasta el borde del quebrado, agarró con fuerza el Águila de plata de su legión, y se lanzó tan lejos como pudo, en dirección al pantano. En el momento en que su cuerpo se hundía en el agua dio su último grito antes de desaparecer tragado por la ciénaga.

 

¡¡¡ROMA INVICTA EST!!!

 

Un grupo de bárbaros entró en el claro y el resplandor de la luna les dejó ver como una cabeza de lobo desaparecía bajo el agua.

 

(La Batalla del bosque de Teutoburgo fue un encuentro armado que tuvo lugar en otoño del año 9 entre la tribu germánica de los queruscos, acaudillados por Arminio, y tres legiones romanas (la Legión XVII, la XVIII y la XIX) comandadas por Publio Quintilio Varo, gobernador de la provincia Germania Magna, que se extendía hasta el Río Elba.

Arminio puso en pie de guerra un ejército de germanos de número desconocido, atrayendo al ejército romano al bosque de Teutoburgo, una zona de complicada orografía en la que se extendía el bosque, en el cual permanecían apostados los queruscos aguardando el paso de la columna militar romana. La batalla se saldó así con una catastrófica derrota de los romanos y con el suicidio del propio Varo.

Durante varias noches el Emperador Augusto repitió constantemente:

VARO, ¿DÓNDE ESTÁN MIS AGUILAS?

Años más tarde Julio Cesar Germánico recuperaría las Aguilas de las legiones XVIII y XIX.

El Aguila de la XVII Legión nunca fue encontrada)

 

Las primeras leyendas de licántropos aparecen durante los primeros siglos posteriores a la caída del Imperio Romano. Se cuenta que en las noches de luna llena han visto como un Águila perfilaba su silueta delante del astro, y a continuación surgía de lo más profundo del Pantano de Teuteburgo una figura humana cubierta por una piel de lobo.

 

NOMENCLATURA

SOLEA: Las sandalias por excelencia de los romanos. Consistían de una suela a la que se unían tiras de cuero que al juntarse en el centro abrazaban al pie formando un confortable calzado.

CALIGAE: Calzado de los legionarios romanos. Las suelas ofrecían diseños de patrones con clavos que se ajustaban al terreno en que se usaran.

COHORTE URBANAE: Milicias encargadas de la seguridad pública en entornos urbanos.

STADIO: lugar donde se celebraban las competiciones atléticas en la antigüedad.

DIAULO: carrera del programa olímpico de la antigüedad cuyo recorrido era de dos “estadios”, aproximadamente 400 metros.

DOLICO: carrera más extensa del programa, recorrido de 24 estadios, aproximadamente 5.000 metros.

MILITES: legionario romano de rango mas inferior.

PILUM: lanza o jabalina usada por los legionarios romanos.

GLADIUS HIPANIENSIS. Espada corta usada por los mercenarios celtiberos de las guerras púnicas y adoptada como arma principal de las legiones romanas.

LORIGA: Coraza flexible de tiras de acero que protegía el pecho y espalda de los legionarios romanos.