Correr Descalzos

Atrévete: conoce todas las experiencias de los que han decidido mejorar su técnica

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Por jmateuvi
#39569
Gran relato
Te felicito por la experiencia. Salir a correr ya por si es placentero pero hay días en que surge la magia y hay que aprovecharla a tope. Eso justamente es lo que te ocurrió, supiste sacar partido sin duda.
Quien no ha soñado ser pájaro!
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Por bipedo
#39793
Hay días en que surge, sí :-)

Le he cogido el gusto a salir por la noche, antes del amanecer, y perderme en los bosques. A veces me despierto de madrugada, inquieto, y no puedo seguir en la cama. Salgo sin hacer ruido a buscar algo incierto, como un yonki. Hay días de invierno en los que el aliento se escarcha en la cara y los músculos no quieren desperezarse. Otros en los que la lluvia apenas deja ver donde pisan los pies. Me alejo a toda prisa sin mirar atrás para que no me traicione el calor de las sábanas recientes. Atravieso los robledales, me alejo del ladrido de los mastines de las fincas de la periferia, del ruido del hombre y del mio mismo... Se hace el silencio, las zancadas se vuelven ligeras y fluidas. Contengo la respiración para que no me delaten los primeros rayos de sol. Cuando ya todo queda lejano, a veces ocurre la magia, la alquimia que transmuta lo incierto en éxtasis, en asombro reverencial. Ahí mismo, en un claro del bosque se levanta una catedral invisible justo hasta ese instante. En ese momento descubro porque tenía que levantarme y salir corriendo. No sé que es la felicidad, pero en esos momentos puedo acariciarla...

Pienso en los bosques, los echo de menos. Estaría bien que ellos también me extrañasen, pero se que eso nunca será así. Es por eso por lo que los añoro. Porque me hacen transparente, una presencia circunstancial, una anécdota. Eso me da paz, porque siguen ahí, a pesar de mi y aun sin mi, testigos mudos cuando soy asombro.

Saludos
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Por matterhorn
#39832
bipedo escribió:Hay días en que surge, sí :-)

Le he cogido el gusto a salir por la noche, antes del amanecer, y perderme en los bosques. A veces me despierto de madrugada, inquieto, y no puedo seguir en la cama. Salgo sin hacer ruido a buscar algo incierto, como un yonki. Hay días de invierno en los que el aliento se escarcha en la cara y los músculos no quieren desperezarse. Otros en los que la lluvia apenas deja ver donde pisan los pies. Me alejo a toda prisa sin mirar atrás para que no me traicione el calor de las sábanas recientes. Atravieso los robledales, me alejo del ladrido de los mastines de las fincas de la periferia, del ruido del hombre y del mio mismo... Se hace el silencio, las zancadas se vuelven ligeras y fluidas. Contengo la respiración para que no me delaten los primeros rayos de sol. Cuando ya todo queda lejano, a veces ocurre la magia, la alquimia que transmuta lo incierto en éxtasis, en asombro reverencial. Ahí mismo, en un claro del bosque se levanta una catedral invisible justo hasta ese instante. En ese momento descubro porque tenía que levantarme y salir corriendo. No sé que es la felicidad, pero en esos momentos puedo acariciarla...

Pienso en los bosques, los echo de menos. Estaría bien que ellos también me extrañasen, pero se que eso nunca será así. Es por eso por lo que los añoro. Porque me hacen transparente, una presencia circunstancial, una anécdota. Eso me da paz, porque siguen ahí, a pesar de mi y aun sin mi, testigos mudos cuando soy asombro.

Saludos
Enorme como has plasmado esas experiencias.
Bravo.
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Por jmateuvi
#39867
matterhorn escribió:
bipedo escribió:Hay días en que surge, sí :-)

Le he cogido el gusto a salir por la noche, antes del amanecer, y perderme en los bosques. A veces me despierto de madrugada, inquieto, y no puedo seguir en la cama. Salgo sin hacer ruido a buscar algo incierto, como un yonki. Hay días de invierno en los que el aliento se escarcha en la cara y los músculos no quieren desperezarse. Otros en los que la lluvia apenas deja ver donde pisan los pies. Me alejo a toda prisa sin mirar atrás para que no me traicione el calor de las sábanas recientes. Atravieso los robledales, me alejo del ladrido de los mastines de las fincas de la periferia, del ruido del hombre y del mio mismo... Se hace el silencio, las zancadas se vuelven ligeras y fluidas. Contengo la respiración para que no me delaten los primeros rayos de sol. Cuando ya todo queda lejano, a veces ocurre la magia, la alquimia que transmuta lo incierto en éxtasis, en asombro reverencial. Ahí mismo, en un claro del bosque se levanta una catedral invisible justo hasta ese instante. En ese momento descubro porque tenía que levantarme y salir corriendo. No sé que es la felicidad, pero en esos momentos puedo acariciarla...

Pienso en los bosques, los echo de menos. Estaría bien que ellos también me extrañasen, pero se que eso nunca será así. Es por eso por lo que los añoro. Porque me hacen transparente, una presencia circunstancial, una anécdota. Eso me da paz, porque siguen ahí, a pesar de mi y aun sin mi, testigos mudos cuando soy asombro.

Saludos
Enorme como has plasmado esas experiencias.
Bravo.
Maravilloso relato...y encima no es ficción. Todos lo hemos experimentado aunque no lo sepamos transmitir con singular maestría.
Gracias por todo ello!
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Por lagartijo13
#39890
Sólo puedo compartir la vibración armónica que he sentido si leer los relatos.

Es ese pisar silencioso el que me hace estar atento a detalles que antes pasaba por alto, como los mirlos desvergonzados al borde del camino, o el vuelo pesado de las palomas torcaces. Es el que me hace tener la sensación de fluir, y de que los cronómetros no son importantes; sólo disfrutar de nuestra esencia.

Muy buenos relatos, y gracias por compartirlos.
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